Situada a 200 kilómetros de la Costa Sur de Francia y vecina próxima de Cerdeña, Córcega es una de las islas más hermosas del Mediterráneo. Muchos la llaman “La isla de la belleza” o “La isla verde” por el incomparable color azul de sus mares y su encantadora riqueza natural. Córcega es la combinación perfecta entre montañas rocosas, magníficas playas y una gastronomía excepcional.
Reservados, nacionalistas y secretos. Funcionan bajo la ley del silencio, son solidarios, orgullosos y buscan a como dé lugar el reconocimiento de su propia cultura y de su lengua. “Los franceses no nos sentimos bien recibidos”, me confesó un amigo parisino. Después de escuchar tantas historias, mitos y leyendas sobre el pueblo corso me pareció interesante realizar el viaje que había pospuesto durante tantos meses para descubrir de una vez por todas qué es lo que esconden la isla y sus habitantes.
A Córcega se puede llegar en avión o en barco, inclusive existen varias compañías de ferries y de cruceros que organizan actividades alrededor de la isla a un precio razonable. La isla está dividida en dos departamentos: Alto y Bajo. Evidentemente la mejor época del año para viajar es durante el verano, pero por cuestiones climáticas preferí conocer Ajaccio, capital de la región del sur, en marzo, un mes frío y soleado. Me recomendaron alquilar un carro durante los días de mi estadía, ya que las playas y los parques naturales son lejanos del centro de la ciudad.
Las primeras caminatas por la ciudad me dejaron ver rápidamente la influencia italiana. En las calles estrechas se descubren cafés y restaurantes escondidos repletos de gente disfrutando de las frías tardes de primavera. Las casas antiguas salpicadas por el tiempo, las ancianas observando desde las terrazas el paso de los transeúntes y los viejos amigos risueños en los bares de “toda una vida” me trajeron a la cabeza imágenes de películas sicilianas que huelen a pescado, a aceite de oliva y a mar.
Una de las atracciones obligatorias es Les Calanques de Piana, enormes rocas de granito rojo declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983. Las simpáticas y extrañas formas de las llamadas taffoni son el resultado de las bruscos cambios de temperatura, junto a la humedad del Mediterráneo y a los fuertes vientos del la zona. En el Hotel Napoleón me aconsejaron llevar carro, ya que los acantilados se encuentran a una hora de la ciudad y el acceso a las playas es imposible a pie.
De vuelta a la ciudad visité las famosas Islas Sanguinarias, un pequeño archipiélago en donde se puede admirar, como en pocos lugares del mundo, la imponencia del mar y de las olas chocando brutalmente sobre las piedras. La caminata hasta el faro, construido en 1870, está señalizada, sin embargo, hay que tener mucho cuidado con los desniveles y los altos abismos. Al atardecer, un joven turista me explicó el nombre del lugar: “Cuando cae el sol parece que los rayos de luz de desangraran sobre las rocas”.
Un poco de historia
Córcega tiene una historia compleja, ya que su pueblo fue durante varios siglos testigo de frecuentes invasores que implantaron sus idiomas y tradiciones. El 15 de mayo de 1768, gracias al Tratado de Versalles, la isla pasó a ser territorio galo y hoy pertenece al grupo de Colectividades Territoriales Francesas. Es gracias a esta riqueza de influencias culturales y lingüísticas y por su cercanía con Francia e Italia que la isla es una mezcla maravillosa de sabores, razas y costumbres.
Uno de los orgullos patrios de Córcega es, sin lugar a dudas, el gran emperador Napoleón Bonaparte. En Ajaccio se puede visitar la casa donde nació Bonaparte, hoy convertida en museo histórico. Fotos de familia, recuerdos de infancia, cartas y testimonios de sus familiares se encuentran organizados en una pequeña residencia escondida en una calle peatonal. Napoleón fue quien convirtió a Ajaccio en la nueva capital de Córcega en 1811 y su presencia y respeto permanece en la ciudad a través de estatuas y monumentos. El Cours Napoleón, por ejemplo, es una bella plaza que invita a los transeúntes a disfrutar de la hermosa vista al mar, la llegada de los buques y de los cruceros y a compartir en familia un café o un delicioso gelato italiano.
Es evidente que parte de ese nacionalismo que caracteriza a la población corsa está directamente relacionado con el orgullo de su propia lengua, que para muchos está en vía de extinción. Y aunque la mayoría de gente se comunica en francés (ambas son lenguas oficiales), los anuncios en las carreteras, en los restaurantes y en las tiendas están escritos en idioma corso o corsu. El gerente del hotel me comentó que fue solamente a partir de 1991 que Francia permitió que este idioma se enseñara en las escuelas.
Delicias ancestrales
La exquisita gastronomía es otro de los placeres que ofrece esta encantadora isla. Entre los platos típicos llaman la atención el figatellu (salchicha de hígado), el lonzu (lomo de cerdo salado y secado) y el brocciu (queso local). Existe también una amplia diversidad de panes, bizcochos rellenos, pescados, carnes, quesos curados y las famosas canistrelli, pequeñas galletas alargadas hechas de almendra aromatizadas con ricos sabores: limón, nuez, almendras y anís.
Sagradamente, todos los fines de semana un inmenso grupo de artesanos y campesinos se instala en la plaza principal al frente del puerto de Ajaccio para vender los más frescos y exquisitos productos. Me sorprendió la amabilidad de la gente por explicarme qué era cada cosa, cómo se comía y de qué región venía. Uno de los bizcochos que me llamó la atención fue el caccavelli, un inmenso roscón con un huevo duro en la mitad, el cual “aporta salud y buena suerte a los comensales”.
Otra de las especialidades corsas es el vino. Entre las cepas más reconocidas se encuentran: Niellucciu, Vermentinu y Sciaccarellu. La primera es una de las más importantes. Niellu en lengua corsa significa “negro, oscuro, duro”. Según los expertos este es un vino dulce, frutoso y elegante. El segundo viene de una cepa blanca de muy alta calidad y ha sido nombrado como uno de los mejores vinos del Mediterráneo. Por último, los expertos hablan del Sciaccarellu como un vino “crocante”, ya que contiene un cierto aroma a frutas rojas, almendras y especies. Este es un vino rosado de color salmón, ligero y agradable.
Aproveche visitar esta isla paradisíaca durante el verano, época en la que se celebran múltiples festivales de música y de deportes extremos en las principales ciudades. Disfrute de los parques y monumentos naturales, reconocidos mundialmente por su buen estado de conservación. Y finalmente, no se deje influenciar por quienes dicen que los corsos son reservados y hostiles. Pueden ser tan charlatanes como los italianos y tan orgullosos de sí mismos como los franceses. En pocas palabras, los corsos con la hermosura de sus paisajes y la distinción en la comida son, simplemente, la combinación perfecta.
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