
Las calles de Bangkok ya no son las mismas. A mediados del mes de mayo, cuando las camisetas rojas tenían bloqueado el centro de la ciudad, el ambiente tenso e hirviente se sentía solamente en la zona delimitada por los protestantes. En los barrios lejanos, la vida continuaba normalmente, se hablaba del tema, se sabía que habían disturbios de vez en cuando, pero nunca, nadie imaginó lo que vendría semanas después. Nadie creyó que lo que había comenzado con unas protestas pacíficas se fuera a convertir en una de las peores tragedias que ha vivido este país en los últimos años.
Después de ver y vivir en carne propia esta compleja situación, tres semanas después volví nuevamente a Bangkok y me encontré con una nueva ciudad. Hoy, los tailandeses caminan tristes con las caras asustadas y llenas de asombro. “Señorita, espero que vuelva en otro momento a Bangkok”, me dijo el taxista, “ todo lo que está pasando aquí es terrible. Tanta gente inocente muerta, mi país está de luto”.
Después de casi cinco días de enfrentamientos entre el grupo anti-gobierno y el ejército, situación absurda y descabellada que trajo como consecuencia la muerte de más de 50 personas y miles de heridos (en medio de los disturbios miembros del grupo prendieron fuego a Central World, el centro comercial más grande de Asia), hoy Bangkok huele a cenizas.
Los turistas desaparecieron de las calles de esta ruidosa ciudad. Después de haber visto ingleses, americanos y franceses en cada esquina, hoy los corredores del metro andan deshabitados, montar en taxi es tres veces más caro que antes, el tráfico es imposible y los vendedores ambulantes esperan con cara de nostalgia un nuevo cliente que se aproxime. Hasta hace tres días nadie podía andar por la calle después de las nueve de la noche.
Los testimonios de la gente que vive en el centro de Bangkok y de las miles de personas que trabajaban diariamente en el centro de la ciudad son escalofriantes. “ Nos quedamos sin nada, cuánta gente inocente ha muerto en esta situación absurda”, le comenta una señora al periódico Bangkok Post entre lágrimas y gritos desesperados. “Quién va a responder por lo que hemos perdido?”.
Déjà vu.