27 de junio de 2010

Persiguiendo a Monet

Arte, música, literatura o cine, París es uno de los centros culturales de Europa en donde todos los días y a cualquier hora la ciudad le ofrece a su público un evento o un espectáculo. Sin embargo, esta ciudad esconde también secretos que sólo los curiosos o los verdaderos amantes de las artes y de la literatura conocen. Uno de ellos es un pequeño pueblo normando ubicado al oeste de París. Su nombre es Giverny, cuna del impresionismo en Europa y en el mundo.

El pintor Claude Monet (1840-1926) se instaló en Giverny en 1883 y rápidamente, este pequeño pueblo fue atrayendo no sólo a otros artistas franceses, sino también a un grupo selecto de pintores americanos curiosos por aprender a dibujar los hermosos paisajes de la región. Así, durante muchos años, los campos floreados acompañados por el extenso Río Sena se convirtieron en fuente de inspiración de una nueva corriente artística, el impresionismo.

Un siglo después, en 1992, el americano Daniel Terra, hombre de negocios y gran coleccionista de arte quiso traer de vuelta las obras de aquellos artistas que habían centrado su trabajo en ese lugar, y ese mismo año inauguró el Museo Americano de Giverny. En 2009, con el patrocinio de varias instituciones francesas, el museo se convirtió en el Museo de los Impresionismos de Giverny el cual hoy busca resaltar los orígenes de esta corriente y dar a conocer la diversidad geográfica de sus integrantes. Con la colaboración de coleccionistas privados y públicos, el museo presenta anualmente exposiciones temporales encaminadas a descubrir nuevas miradas y propuestas.

Durante el mes de junio, por ejemplo, dentro del marco del primer festival impresionista de Normandía, el museo presentará la exposición “ El impresionismo a lo largo del Sena”, en donde se expondrán cerca de 50 cuadros de los más grandes y más reconocidos pintores impresionistas: Auguste Renoir, Claude Monet, Alfred Sisley, Camille Pissarro, entre otros.

El encanto del Japón

Pero la magia de esta ciudad no termina aquí. Continuando por la misma calle peatonal se encuentra la maravillosa casa de Claude Monet. Los críticos cuentan que al llegar a Giverny, el pintor francés la alquiló, pero sólo pudo comprarla hasta 1890, cuando su situación financiera mejoró. En 1893, diez años después, Monet construyó alrededor de la residencia un gran jardín japonés acompañado de un hermoso estanque de ninfeas. Este paisaje que lo rodeó durante tantos años se convirtió en su más grande fuente de inspiración, dedicándole cerca de 300 cuadros.

El encanto de este “jardín de agua”, junto con el famoso puente que conecta las dos orillas del estanque varía según la época, la hora y el ángulo de donde se admire, y ese fue precisamente unos de los detalles que Monet quiso reflejar en sus pinturas. (indudablemente la mejor época para visitar el jardín y poder ver las flores en todo su esplendor es durante la primavera).

Claude Monet vivió cerca de 43 años de su vida en este lugar y aunque todas sus obras fueron llevadas al Museo Marmottan en París, en todas las habitaciones de su residencia se puede admirar la increíble colección de láminas japonesas de Kitagawa Utamaro, de Katsushika Hokusai y de Utagawa Hiroshige. Su pasión por el arte japonés se ve reflejada en casa esquina de su residencia y aunque el maestro nunca viajó a Japón, siempre recibió con interés y cordialidad a sus colegas que venían a visitarlo desde el otro lado del mundo.
Visitar Giverny es realmente un viaje al pasado, ya que a pesar del paso del tiempo, esta maravillosa ciudad ha logrado conservar y respetar el legado que dejaron los impresionistas, enamorados de este hermoso lugar. Al caminar por las calles de Giverny, uno logra entender y compartir su pasión y admiración por los paisajes normandos.