
Tras las huellas del gorrión
Por: Ana María Durán
En el barrio número veinte de París, uno de los más alejados del centro de la ciudad, en una calle larga que conecta el cementerio Père Lachaise con la periferia, se esconde una plaza pequeña, con árboles flacos y grises por el invierno y uno que otro borracho gruñón.
Escondida por la letra M de la entrada al metro se encuentra la estatua de la cantante Edith Piaf, uno de los personajes relevantes de la cultura francesa de todos los tiempos, más ahora que la película en su memoria (La Môme) acaba de ganar el Oscar a mejor actriz pruincipal, por el papel de Marion Cotillard.
Fue el 11 de octubre del 2003 cuando, con motivo de la conmemoración de los 40 años de su muerte, el alcalde de la ciudad, Bertrand Delanoë, inauguró la estatua de bronce con la cual nombró aquella plaza con el nombre de Place Edith Piaf, a pocos metros del Hospital Tenon, lugar donde muchos, dicen, nació verdaderamente la cantante en 1915.
Y es así como el único café de esta plaza, conocido antes como el Café de la calle Pym, se convirtió en ese mismo año en el Café de la Plaza de Edith Piaf, visita obligada de turistas, fanáticos y curiosos que no olvidan la desgarradora y poderosa voz de la intérprete. El pequeño café conserva hoy fotos de su vida y de sus grandes amores, especialmente del boxeador Marcel Cedan.
Nicolá, uno de los clientes frecuentes, cuenta lo que significó Piaf para Francia en los años cincuenta. “El carácter humano y su cercanía con ‘lo popular’ le dieron a Piaf la fama a la que llegó en tan corto tiempo. Su personalidad imponente, abierta y descomplicada ocasionó un cambio brutal para las mujeres de su época”, asegura.
Piaf se crió en la miseria y la pobreza del barrio de Belleville y, a sus 20 años, conoció Louis Leplée, director del cabaret El Gerny´s. Él fue quien la bautizó como La Môme Piaf –Niña Gorrión–, debido a su estatura y a su voz.
Hasta hoy, huellas de la cantante de Rien de rien –Nada de nada– y La vie en rose –La vida en rosa– se encuentran fácilmente en el barrio Belleville de París, exactamente en la calle 72, lugar donde vivió desde pequeña. Asimismo, el Museo-Asociación Edith Piaf guarda vestidos, abrigos, fotografías, afiches y objetos personales de la artista.
Es así como esta Edith Piaf, quien durante sus últimos años se consumió en la oscuridad del alcohol y la heroína, hoy descansa en el cementerio de Père Lachaise, junto a personajes como Óscar Wilde y Jim Morrison.
Está muy cerca también del café que lleva su nombre, donde hombres y mujeres del común entran, toman un café y recuerdan la voz y la vida de una artista inolvidable para la historia de Francia y el mundo.
Ver Artículo Publicado en El Espectador
Por: Ana María Durán
En el barrio número veinte de París, uno de los más alejados del centro de la ciudad, en una calle larga que conecta el cementerio Père Lachaise con la periferia, se esconde una plaza pequeña, con árboles flacos y grises por el invierno y uno que otro borracho gruñón.
Escondida por la letra M de la entrada al metro se encuentra la estatua de la cantante Edith Piaf, uno de los personajes relevantes de la cultura francesa de todos los tiempos, más ahora que la película en su memoria (La Môme) acaba de ganar el Oscar a mejor actriz pruincipal, por el papel de Marion Cotillard.
Fue el 11 de octubre del 2003 cuando, con motivo de la conmemoración de los 40 años de su muerte, el alcalde de la ciudad, Bertrand Delanoë, inauguró la estatua de bronce con la cual nombró aquella plaza con el nombre de Place Edith Piaf, a pocos metros del Hospital Tenon, lugar donde muchos, dicen, nació verdaderamente la cantante en 1915.
Y es así como el único café de esta plaza, conocido antes como el Café de la calle Pym, se convirtió en ese mismo año en el Café de la Plaza de Edith Piaf, visita obligada de turistas, fanáticos y curiosos que no olvidan la desgarradora y poderosa voz de la intérprete. El pequeño café conserva hoy fotos de su vida y de sus grandes amores, especialmente del boxeador Marcel Cedan.
Nicolá, uno de los clientes frecuentes, cuenta lo que significó Piaf para Francia en los años cincuenta. “El carácter humano y su cercanía con ‘lo popular’ le dieron a Piaf la fama a la que llegó en tan corto tiempo. Su personalidad imponente, abierta y descomplicada ocasionó un cambio brutal para las mujeres de su época”, asegura.
Piaf se crió en la miseria y la pobreza del barrio de Belleville y, a sus 20 años, conoció Louis Leplée, director del cabaret El Gerny´s. Él fue quien la bautizó como La Môme Piaf –Niña Gorrión–, debido a su estatura y a su voz.
Hasta hoy, huellas de la cantante de Rien de rien –Nada de nada– y La vie en rose –La vida en rosa– se encuentran fácilmente en el barrio Belleville de París, exactamente en la calle 72, lugar donde vivió desde pequeña. Asimismo, el Museo-Asociación Edith Piaf guarda vestidos, abrigos, fotografías, afiches y objetos personales de la artista.
Es así como esta Edith Piaf, quien durante sus últimos años se consumió en la oscuridad del alcohol y la heroína, hoy descansa en el cementerio de Père Lachaise, junto a personajes como Óscar Wilde y Jim Morrison.
Está muy cerca también del café que lleva su nombre, donde hombres y mujeres del común entran, toman un café y recuerdan la voz y la vida de una artista inolvidable para la historia de Francia y el mundo.
Ver Artículo Publicado en El Espectador
No hay comentarios:
Publicar un comentario