En una helada tarde invernal al sur de París, cerca de la estación de Montparnasse, Claude Couffon expresa hoy con ternura y extrema sencillez el encanto que desde siempre despertaron en él aquellas tierras lejanas latinoamericanas, exóticas y desconocidas para la mayoría de los franceses de la época, pero que en su caso personal, se conviertieron en material obsesivo y pasional de estudio y de trabajo.
Conocedor inalcanzable de América Latina, precursor del famoso boom latinoamericano en Francia, Couffon, traductor, escritor, poeta y periodista francés, recibió al El Espectador en la casa de su gran amiga escritora Rocío Barba Durán. Con inmensas ganas de contarlo todo, de compartirlo todo, hoy Couffon, a sus 82 años, recuerda sus experiencias y vivencias con los grandes de la literatura latinoamericana: Miguel Angel Asturias, Alberti, Pablo Neruda, Julio Cortázar, y por supuesto, Gabriel García Márquez, a quien le hará un gran homenaje el próximo 4 de diciembre en el Instituto Cervantes en París.
¿Cuál es la vigencia de Gabo hoy como representante de la literatura latinoamericana?
Es una pregunta difícil de contestar, pero lo que veo es que Gabo se ha impuesto como el primer escritor latinoamericano, como novelista, en Francia. No sin dificultad porque yo, que he podido ver su trayectoria, en cuanto al éxito público me doy cuenta de que el primer Gabo, genial, interesante e importante, no recibió quizás el reconocimiento que merecía como escritor. De su primer libro que se publicó en Francia, El Coronel no tiene quien le escriba, pasó desconocido a pesar de la importancia del libro.
La segunda publicación fue Cien años de soledad, y aunque yo no fui el traductor suyo en esa época, lo conocía muy bien desde los años 50. En esa época yo era colaborador de Le Monde, y el responsable de las páginas literarias Claude Julien había fundado lo que se llamada la “doble página” del periódico literario. Cada semana dos páginas se consagraban a escritores conocidos o quizás desconocidos del mundo. Y cuando Gabo publicó Cien años de soledad yo hablé con Julien y le propuse sacar a Gabo. La “doble página” salió entonces con una entrevista, un ensayo mío sobre el conjunto de su obra hasta la época y un cuento de él. En esta época una doble página hacía vender una edición completa del libro en una semana, pero sólo se vendieron 800 ejemplares.
El libro no tuvo el éxito que merecía, porque para el lector francés el texto tenía una originalidad tan fuerte que la gente no entendía y tuvimos que esperar el momento en que yo empecé a traducir a Gabo en la nueva editorial Grasse con el Otoño del Patriarca para que él tuviera el éxito que merecía. Con un libro difícil, quizás más dificil de entender que Cien años. En Grasse él pidió que yo fuera su traductor y para mí fue magnífico, porque además me quitaba la herida que tuve de no traducir 100 años de soledad. Esa fue una herida que siempre tuve.
¿Cómo conoce a Gabriel García Márquez?
A Gabo lo conocí cuando estaba en París en condiciones difíciles. Yo no fui en esa época de los grandes amigos de él como Plinio Apuleyo Mendoza y otros colombianos, pero teníamos amigos en común. Yo en esa época estaba más bien con escritores como Miguel Angel Asturias y Alejo Carpentier. Lo que recuerdo de esa época con Gabo es que cada vez que él aparecía ocurría algo, algo divertido. Estaba Gabo y aparecía algo.
Después, cuando terminó Cien años de soledad Gabo nos mandó a mí y a Severo Sarduy el manuscrito completo de la obra que ya conocíamos un poco por algunos capítulos que se habían publicado. Yo creo que fue Carlos Fuentes que llegó con los dos manuscritos para Sarduy y para mí. Yo en esa época era el responsable de las ediciones latinoamericanas en la gran editora Gallimard y Sarduy del editorial Le Seuil. Sarduy me propuso traducir el libro, pero yo estaba traduciendo dos novelas de Asturias y no podía hacer el trabajo. Lo sentí mucho, pero no podía. Y ahí es cuando el director de esa época de Le Seuil, Claude Durand y su mujer cubana Carmen, traducen el libro.
¿Cuántos libros de Gabo tradujo?
Cuando Gabo propuso que yo fuera su traductor, firmé un contrato para traducir 10 libros de él. Los que había escrito anteriores a Cien años de soledad y su nuevo libro de la época, El otoño del patriarca y claro, los que iban a venir. Nuestra colaboración duró 10 años, yo traduje 9 libros.
¿Cuál es su libro favorito de García Marquez?
Para mí, sin ninguna duda, como traductor, fue Crónica de una muerte anunciada, para mí es una obra maestra. Es el único libro traducido por mí de toda la literatura latinoamericana en que nunca tuve problema. Se libro es como un reloj de lujo en donde cada mecanismo funciona perfectamente, no falta ninguna rueda, es perfecto todo. Para mí, es el libro perfecto como escritura.
¿Y el que más le ha costado traducir?
El que más me costó traducir fue el primer libro, El otoño del patriarca, porque la escritura era un poco diferente a la de los otros. Una escritura casi sin puntuación, parecida a la manera de los escritores de la nueva novela francesa de la época. Aunque estaba entusiasmado con la historia encontré muchas dificultades para poner en mi lengua el ritmo de cada frase.
¿Con qué criterio escoge los libros que traduce?
En el caso de Gabo sabía que cada libro nuevo iba a ser bueno. Cuando traduje Crónica de una muerte anunciada confieso que antes de la traducción no había comenzado a leer el libro en español para reservarme la sorpresa de las cosas que iban a aparecer. Ese libro lo traduje en 10 días, día y noche, me fascinaba. Ese fue el libro que me produjo más placer en la traducción.
¿Qué le debe Gabo a París?
Gabo vive en París los tres años de El coronel no tiene quien le escriba. Creo que su época más importante fue la de los años 55. Recuerdo que él llego al hotel donde hoy hay una placa con su nombre por pura equivocación. Venía de la estación de Lyon a París y Vargas Llosa le había recomendado un hotel bueno y barato, pero él se equivocó y entró a otro hotel. Todo lo que cuenta es verdad, que cada mañana bajaba a ver si le habían llegado cartas de sus amigos, que vendió su boleto de avión porque no podía regresar. Puso el dinero en su habitación, en el cajón y un día no le quedó nada.
PARIS Y EL BOOM
¿Cómo recibe Francia al famoso “boom latinoamericano”?
Yo fui uno de los responsables del boom, porque yo traduje a casi todos estos escritores en sus primeros momentos, y también como periodista he apoyado naturalmente este movimiento. No sé de dónde viene la etiqueta de boom, debió ser por lo económico, ya que todos ganaron bastante bien su vida con sus obras a partir de ese momento.
En Francia siempre hubo una curiosidad hacia América Latina a partir de ciertos escritores. Antes de la Segunda Guerra Mundial, entre los años 20 y 39, se tradujeron a muy pocos, como Don Segundo Sombra, algunas novelas de la revolución y a Miguel Angel Asturias con Leyendas de Guatemala. Luego vino la guerra y ellos se quedaron en sus países, y después, nosotros los jóvenes, empezamos a descubrir lo que ellos estaban haciendo en sus países o en su destierro. Comenzamos entonces a lanzar esa generación de literatura latinoamericana.
Francia recibió esa literatura con un cierto exotismo, ya que el realismo mágico no se entendió bien en sus primeros momentos. Pero poco a poco se fue imponiendo porque ellos comenzaron a hablar de los problemas de sus países y los pocos osados escritores latinoamericanos publicados se presentaban como los representantes de sus pueblos. En Guatemala, Miguel Angel Asturias, en Perú, Mario Vargas Llosa, en Paraguay, Augusto Roa Bastos. Cada país tenía su propio escritor que representaba no sólo la literatura sino los problemas de la época. Y ellos nos dieron a conocer a sus países. Impusieron a América Latina en Francia, Italia y Alemania.
¿Y las mujeres escritoras latinoamericanas?
Ese es mi cariño actual, porque en esa época no había casi nada. La única que conocí bien fue Alejandra Pizarnik, argentina, una chica tímida, que vivía en París y quien era muy amiga de Julio Cortázar. Fue él quien me la presentó y yo la traduje. Había pocas escritoras conocidas, salvo Blanca Varela, peruana, amiga de Octavio Paz, quien también estaba en París en esa época. El erotismo era en América Latina terreno prohibido, era un tema para hombres, y a partir del siglo XX, unas diez mujeres en Argentina, Uruguay y Paraguay lloraron las tradiciones poéticas del país y tuvieron destinos difíciles, porque la mujer latinoamericana debía hablar de otros temas, de los hijos, de la familia, de la religión y no de sexo.
¿ Por qué París fue un lugar de inspiración para tantos escritores?
Para varios latinoamericanos París ha sido una posibilidad de tener la perspectiva necesaria para escribir. Cuando conocí a Carlos Fuentes acababa de publicar La muerte de Artemio Cruz y me dijo: “ Para mí es muy útil vivir en París porque tengo la distancia necesaria con mi país. Estando en México vivía en una cárcel, desde aquí veo lo malo y lo bueno, y eso me permite escribir mis novelas”. Y yo pienso que quizás, en cierta manera, en los ecritores de la generación del realismo mágico y de la literatura fantástica, París les permitió eso, a veces vivir mal económicamente pero, al mismo tiempo, tener la distancia para ver las cosas distintas y crear.
Durante el siglo XIX los latinoamericanos vienen a París porque piensan que es el único lugar donde pueden hacerse famosos. Casi todos venían con la idea de hacerse grandes escritores, por el prestigio del París de la época. Era una especie de fascinación y casi todos los escritores de America Latina de esa época hicieron el viaje. Era un mito. Después, entre guerras, hubo de parte de Francia un interés por ellos y su literatura, y ahí es cuando se empiezan a traducir a algunos pocos escritores.
Julio Cortázar
A Julio lo conocí cuando acababa de llegar a París y trabajaba en la UNESCO. En sus primeros tiempos, Cortázar vivía muy encerrado con su mujer, con Aurora Bernárdez, ella pequeña y él alto, y salían juntos siempre pero solos. A veces salían con Alejandra Pizarnik. Nos reuníamos en un pequeño grupo, siempre los mismos y así lo fui conociendo bien. Con Julio tengo muchos recuerdos, hasta me quitó su segunda mujer. (risas). Él era todo un personaje. No hablaba en público casi nunca, pero su sola presencia en un acto político en París sentado al fondo de la sala, hacía que la sala entera estuviera con él. No necesitaba hablar. Impactaba con su figura alta, su cara y sus ojos de niño.
¿Qué queda hoy del boom?
Hoy se puede decir que el boom, como el momento en que los grandes maestros ocuparon el lugar literario de América Latina en forma total, terminó. Ahora ya no se puede hablar de “literatura latinoamericana” como en esa época. No hay esa homogeneidad que duró tres generaciones, eso ha terminado. El libro, no es tampoco lo que era hace 30 años, hoy las editoriales se preocupan más por la venta y prefieren textos que se vendan fácilmente como los testimonios y las memorias. La ficción, la novela y la poesía, no se vende. Yo no sé en otros países, pero en Francia la gente ya no lee. Se leen los pocos libros que les imponen en la escuela, porque ahora lo importante es la imagen y no el texto.
¿En que consisten las diferencias en traducir al castellano de España y al español latinoamericano?
Yo hablaría de “los castellanos latinoamericanos”. El mismo árbol puede florecer azul en Venezuela, blanco en Ecuador y rojo en Cuba. Yo he tenido la suerte de visitar todos estos países, ser amigo de sus escritores y así descubrir la diferencias y evitar la confusión. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando empezaron a traducir estos libros, hubo muchos problemas porque precisamente los traductores confundían los términos. Hoy ese sigue siendo uno de los problemas de los traductores. Cada país latinoamericano tiene su propio español de fondo, limitado a cada país.
¿Le ha sucedido?
Claro que tuve problemas a veces pero yo creo que en mis traducciones no hay errores porque cuando tenía algún problema el escritor me explicaba. Yo he traducido los libros y los escritores que admiro, que me gustan y que se hicieron amigos míos. Sin embargo, yo traduzco un poema de Nicolás Guillén, de Pablo Neruda, de Rafael Alberti, de García Lorca o de Juan Ramón Jiménez sin ningún problema. Casi lo leo directamente en francés. Pero tomo un poema de Machado a quien admiro mucho, y me es imposible sacar un verso. No se porqué pero es así.
¿Sinónimo de traductor?
Para mí el traductor es la persona que hubiera querido escribir la novela o el poema que traduce. Yo dudo un poco de los que llaman “traductores profesionales de literatura” porque para vivir de la traducción ellos no traducen siempre lo que les gusta. En mi caso personal, confirmo que todo lo que traduje era bueno y me interesó y lo traduje porque a mí me hubiera interesado escribirlo. También pienso que el traductor tiene que ser también escritor. Tiene que ver cómo él reemplaza al autor. Por ejemplo, al traducir Crónica de una muerte anunciada yo tengo que pensar cómo hubiera hecho Gabo para escribir ese libro en francés, y siempre pensar que un poema o una novela son obras de creación únicas en su idioma.
¿Cuáles son los materiales imprescindibles que usted necesita para traducir?
Un lápiz, una goma y un papel. No puedo traducir con el computador, porque para mí el texto tiene que pasar por mi mano y usar el lápiz para poder borrar. Después paso mi texto en máquina. Soy el único traductor que aceptan que entregue un manuscrito en máquina de escribir, no lo podría hacer de otra manera.
¿Del periodismo tiene grandes recuerdos?
El periodismo fue lo que me permitió dar a conocer la líteratura latinoamericana al público. Yo he colaborado con casi todos los periódicos y revistas francesas. El escritor que yo quería lanzar yo lo sacaba en el periódico, y tuve la suerte de empezar joven. Yo fui el primero en hablar de la muerte de García Lorca y eso me hizo famoso de un día para otro. Yo tenía 25 años y de repente me volví importante y conocí a dioses que nunca creía conocer como Alberti, Asturias y Neruda.
¿Cómo fue eso?
Yo empecé la investigación de la muerte de García Lorca en 1946. Fue muy dificil porque hablar de Federico en Granada era muy peligroso en esa época. Podías desaparecer de un momento a otro. Hablaba con las señoras del pueblo y me decían: “En Granada no se puede hablar de Federico”. Pero poco a poco pude entrar en contacto con la gente, yo pasaba todas las vacaciones en Granada y finalmente pude sacar un ensayo.
Una noche en el 1951 tenía a mi lado a Francois Mauriac y él de repente me preguntó qué estaba haciendo en Granada y yo le conté de mi investigación sobre la muerte de García Lorca. Él me contactó inmediatamente con Le Figaro Litteraire, en donde me recibieron y me propusieron publicar mi trabajo ofreciéndome una cantidad de dinero que representaba un año de vida de estudiante. Eso era un viernes y el lunes yo tenía que entregar el artículo. Comencé a escribir la noche del domingo y terminé a las cinco de la mañana del lunes. Recuerdo que entré a las nueve de la mañana a la oficina de Le Figaro, que en esa época era en los Campos Elíseos. El editor comenzó a leer el texto, le gustó y me dio el dinero en ese mismo instante!
Lo que nunca creí fue que el artículo iba a tener el éxito que tuvo. 15 días después me llegó una carta de Buenos Aires de Rafael Alberti, quien para mí era un ídolo, un Dios. Dos o tres días después recibí una carta de Pablo Neruda, otra de Miguel Angel Asturias y luego otra de Juan Ramón Jiménez. Me hice famoso con eso. Después me ofrecieron el trabajo de crítico literario en Le Figaro y me convertí en periodista de grandes reportajes.
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